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martes, 27 de marzo de 2018

EL VUELO DE LA MUERTE


EL VUELO DE LA MUERTE 
 Gerardo Scioscia 
 El payaso ¨Pepino¨ regresaba a su camarín, luego de haber actuado bajo la carpa del circo donde había nacido y vivido alegrías y tristezas. En realidad, más penas que alegrías. Frente al espejo iluminado, se quitaba de a poco el maquillaje, borrando así la sonrisa que se había pintado en su cara un par de horas antes. Así, a su cara lavada volvía el gesto de tristeza que desde hacía algunos años lo acompañaba. Es que Pepino, algunos años antes trabajó bajo esa misma carpa como trapecista, actividad que abandonó luego de un fatal accidente que cambió su vida para siempre. 

Fue una noche de horror y ese recuerdo lo persigue. Margarita y José o pepino como lo apodaban, eran hijos de cirqueros, por lo que habían criado juntos bajo la carpa del circo trashumante y, de pequeños, se iniciaron en distintas prácticas circenses. No conocieron otra cosa que esa vida. Margarita era la segunda hija del dueño y que poco tiempo atrás había enviudado. Mientras que Pepino era el único descendiente de quien fuera domador de leones, que por esas cosas de la vida abandonó esa tarea, por lo hacía tiempo, se encargaba de otras relacionadas con el espectáculo que allí se brindaba. En cambio su mama había sido ecuyere, pero por una dolencia física ya no actuaba. Entre Margarita y Pepino había tres años de diferencia y esa vida trashumante no les preocupaba, estaban muy acostumbradas a ella.
 El ir y venir de un pueblo a otro era parte de sus vidas y desde muy chicos colaboraban en el armado y desarmado de la enorme carpa que, por las noches, se llenaba de público para ver a los malabaristas, payaso, como también a los equilibrista o trapecistas, rompiendo en aplausos. De ese modo, ambos se fuero formando en esa vida particular y nada fácil. Ellos, a pesar de ser chicos, en cada función y detrás de bambalinas siempre estaban atentos a lo que pasaba en la arena. En cambio en su tiempo libre, jugaba a las mismas cosas que juegan todos los niños.
 Para los pequeños, el tiempo de estudio fue escaso. El ir y venir de un pueblo a otro, no les permitió asistir regularmente a ninguna escuela, por lo que de su educación básica se ocupó una maestra contratada a esos efectos que también vivía con el grupo de artistas. Donde más horas empleaban esos niños era en su formación como artistas de circo. Por eso aprendieron a realizar malabares con bolos, saltos en el aire o equilibrio sobre una soga extendida, aunque ambos aspiraban a convertirse en trapecistas., para volar por los aires como pájaros. En eso emplearon muchas horas de su niñez.
 Ellos, noche tras noche subían a lo más alto de la carpa, y en la plataforma de salida, se los veía frotarse las manos con tiza. Primero era todo silencio entre el público, luego el murmullo cuando comenzaban a balancearse en lo alto, para finalmente romper en aplausos cuando a Margarita que volaba por los aires, era atrapada por las fuertes manos de Pepino. Una y otra vez repetían la acción con la seguridad que si caían, serán salvados por la red que se encontraba debajo de la pareja. Sobre esa red, en más de una oportunidad caían luego e simular un accidente. El dúo de trapecistas jóvenes estuvo actuando varios años, por lo que sus nombres en letras destacadas ya estaban en la cartelera, al tiempo que eran mencionados dentro y fuera del circo. Eran felices de ese modo y ya pensaban en ser marido y mujer. Entre tanto mejoraron habilidades.
 Una noche, al término del espectáculo y teniendo como únicos testigos la soledad de la enorme carpa y los dos trapecios colgados en lo alto, se prometieron fidelidad para toda la vida. También resolvieron que al siguiente mes se unirían finalmente en matrimonio. Ella con veinte años recién cumplido y el de veinte tres eran felices. Sus nombres ya estaban en grandes letras de molde, como así también, el anuncio se sus pruebas como atractivo principal. Lo estaban más aún porque en poco tiempo ya serian marido y mujer. Noche tras noche el ritual era el mismo. Aparecían cada cual por su lado y ya en lo alto saludaban al público, su público que llegaba de todas partes para verlos. Tras los primeros balanceos y adoptar distintas poses, estaban listos para el ¨petit volat¨. En ese número Margarita volaba desde su lugar para tomarse de la mano de su compañero que la esperaba colgado cabeza abajo. Luego dando un giro en el aire, retornaba a su lugar, por lo que la gente los aplaudía de pie. Sin embargo, a ese número repetido antas veces, quisieron agregarle un nuevo atractivo y lo presentarían una semana antes de casarse. Habían decidido quitar la red que los protegía de posibles caídas y llamar al nuevo número ¨El Vuelo de la Muerte¨.
 El día fijado para la presentación convocó a un nutrido público, que llegó atraído por el anunciado ¨Vuelo de la Muerte¨ que Margarita realizaba desde tiempo atrás en su ¨petit volat¨ pero esta vez haría dos giros en el air y no a habría red de contención. Desde lo alto ambos se miraron y sonrieron. Tomaron los trapecios y se movieron de atrás para adelante bajo la atenta mirada del público. Luego de balancearse y cambiarse de trapecio varias veces, finalmente llegó el momento esperado. Un prolongado redoble de tambor fue la señal. José se acomodó cabeza abajo para tomar a su prometida de cuando se soltara, para luego, girar dos veces en el aire y retornar a su trapecio como lo hiciera tantas veces. Un silencio sepulcral gano la carpa, pero luego, gritos de espanto y dolor rompieron ese silencio. Esa noche Margarita no llegó a los brazos de José y cayó sobre la arena donde quedó inmóvil. Fue una noche de terror, al cumplir el prometido ¨Vuelo de la Muerte¨. Desde entonces José no volvió nunca más a usar un trapecio, aunque luego de varios meses de inactividad, volvió a la escena pero transformado en el payaso ¨Pepino¨, al que luego de quitarse el maquillaje, el espejo lo vio llorar por ese trágico recuerdo.

 sciosciagerardo@gmail.com